La vida en un segundo.


Estaba mirando la pantalla del ordenador, sin ver nada, cuando Belén llamó a la puerta:
-Raúl, abre, tenemos que hablar. Me han contado lo que ha pasado en la empresa.
Bien, había llegado el momento. Ya no era algo que privado, algo que sólo me había pasado a mí. Incluso se me había pasado por la cabeza, que si nadie más lo sabía , desaparecería. Todo habría sido un sueño. Una mala pesadilla. Esto no me estaba pasando. Esta ya no era mi vida.
Todavía me acuerdo de cuando llegué a Alemania a estudiar el último año de Erasmus. La vida me abría el mundo y yo me lo bebía todo sin respirar. Tenía todo que aprender. Tenía todo que vivir. Y yo estaba dispuesto a todo. Sin miedo.
Alemania fue la mejor época de mi vida. Allí aprendí a tomar mis propias decisiones sin apoyarme en nadie. Hasta entonces, siempre que decidía algo sabía que tenía a mis familia, a mis amigos, a todo el mundo detrás para sujetarme. Pero cuando llegué allí, me encontré con la libertad de elegir y de equivocarme.
Las primeras semanas fueron de una rapidez desenfrenada. Todo pasaba muy deprisa, y como un videojuego nuevo, yo iba poco a poco entendiendo las reglas y poniendo mis normas. Organizar por primera vez mi tiempo y mis necesidades fue lo más arduo.
Lo primero que hice fue empezar a buscar compañero de piso. El piso era grande. Tenía dos habitaciones , cocina, baño y salón. Yo sólo ocupa una habitación. Mi familia ya había contado con ese gasto, pero yo pensaba que si me sacaba un dinero con la habitación que no utilizaba , podría hacer más cosas. Podría hacer más viajes, comer un poco mejor, beber al menos una cereza más. Porque hay que ver lo caro que estaba todo allí.
Yo no le dije nada a mi familia, pero empecé a correr la voz entre los estudiantes. Yo pensaba que a lo mejor un alemán que estuviese lejos de su familia, o algún extranjero americano o inglés. Y así además aprendería o alemán o inglés con un nativo. Todo eran ventajas. No quería reconocerlo, pero también me gustaría abrir el frigorífico y ver cosas que yo no había puesto. Señal de vida. Señal de no estar solo en casa.
Fue una sorpresa cuando Belén me llamó y me preguntó si podría quedarse. Una chica. Y española. No era lo que había planeado. Estuve a punto de decirle que no, que no era verdad. Ella debió de notar mi indecisión, e insistió. Me dijo que su familia empezaba a tener problemas económicos y no podían pagarle la residencia de estudiantes. Que si no encontraba un sitio para quedarse tendría que renunciar a la beca y volverse a España.
Ante esto no tuve más opciones. En una semana estaba ocupando la habitación de al lado. Y ahí empezó otra etapa de mi vida.
Lo nuestro nunca fue un noviazgo. Empezamos a vivir juntos, y nos gustó. Teníamos costumbres muy parecidas y nos complementamos muy bien. Y eso fue todo. No hubo declaraciones. No hubo brindis. No hay ninguna fecha que celebrar. Sólo celebramos el 14 de Octubre. El día que ella se mudó a mi apartamento en Alemania. Nos dejábamos llevar. Nuestra vida se desarrollaba entre los estudios, los trabajos esporádicos que nos salían y las conversaciones en el piso. De vez en cuando, cuando nos sobraba algo de dinero nos íbamos los dos a tomar unas cervezas y seguíamos hablando y riendo. Vivíamos.
Y la vida fue girando. Antes de terminar ya nos habían ofrecido trabajo en España. A mi en Madrid y a ella en un pueblo de Madrid , en Rivas. La vida parecía empeñada en que siguiéramos juntos. Cuando terminamos la beca de  Erasmus, fue como cuando terminas las vacaciones. Recogimos todas nuestras cosas y nos mudamos a otro apartamento, pero esta vez en España, en Rivas. Cerca de su trabajo y cerca del cercanías que me llevaba al lado de mi trabajo. No hubo cambio, sólo una continuidad. Nosotros nos veíamos , no como matrimonio, con todo lo que tiene de oficialidad. Nosotros sólo éramos pareja. Una pareja de dos. Y de dos que querían vivir juntos. Simplemente.
Cuando las cosas empezaron a ir mal en mi empresa, la gente, los vecinos, los amigos, empezaron  a verme un poco de lejos. Parecía que no se atrevían a hablar directamente conmigo. Rehuían el preguntar por el tema. En sus ojos había la expresión esa de distancia, de suficiencia, que parecía que te escupían a la cara "…qué pena, este va al paro como todos…" Y me dolía. Me dolía y me daba vergüenza. Me avergonzaba el hecho de no haber podido hacerlo bien. De que no había sabido cumplir el gran deber español de tener un puesto de trabajo, y su correspondiente sueldo, durante toda la vida. Ese destino que se nos enseña de pequeño: estudia , trabaja en una gran empresa, te haces fijo y te jubilas con el reloj de oro de la empresa por haber trabajado más de treinta años. Ese destino maravilloso al que parece que estamos predestinados. Y yo no había estado a la altura. Mi padre no estaría orgulloso de mi.
Belen, en cambio, no dijo nada, y empezó a bajar los gastos de la casa. Cada día repasa lo que gastábamos y decía:
-Yo no sé para qué tenemos esto. La verdad es que no nos sirve para nada. A mi no me interesa. Lo voy a anular.
Con ese cuerpo delgado y ese pelo rubio, parecía una furia con su bolígrafo en la mano, como si fuera una espada, cortando gastos por todos lados. Era un torbellino, una fuerza vital indescriptible.
-Hay que bajar los gastos y ajustarnos. De esa forma estaremos mejor -dejaba caer al final.
No me decía nada. Lo daba todo por hecho. Sólo ponía en marcha soluciones.
Pero a mi me seguía dando vergüenza el no haber podido cumplir con lo que se esperaba de mí. Esta gran mujer que había decidido vivir conmigo. Con mis muchos defectos y mis pocas virtudes. No se merecía lo que le estaba haciendo. ¿Por qué me tenía que pasar esto a mi?
Y al final llegó lo que tenía que llegar. La empresa cerraba y todos estábamos en la calle. Nos lo dijeron un viernes a las 12 de la mañana. Para que recogiéramos lo que teníamos de personal en las mesas y que no volviéramos el lunes. Todos nos quedamos en silencio. Nos miramos unos a otros. Nadie decía nada. Nadie movía un músculo. Hasta que Antonio, el becario de la oficina, se levantó y dijo:
-Señores esto se ha terminado. Vamos a buscarnos otro curro.
Y se fue por la puerta. Por lo visto no tenía nada de personal en su mesa.
Ese gesto pareció ser el disparo de salida. Todos nos levantamos, recogimos nuestras pocas cosas y salimos. Como zombies. Como almas en pena que van detrás de la Santa Compaña. Sin rumbo fijo.
Nadie fue a su coche, ni al metro, ni al autobús . Todos nos dispersamos , andando, pensando. ¿Cómo se lo íbamos a decir a nuestras familias?. Todos íbamos a andando y mascullando excusas. Todos íbamos andando, con paso lento, como si el suelo se fuese abrir bajo nuestros pies y nos absorbiera hacia el fondo. ¿Cómo se lo voy a decir a Belén? Belén no se merece que me quede sin trabajo. Ella merece alguien que gane. Y yo soy un perdedor. No he sabido darle lo que se merece. No he sabido hacer lo que se esperaba de mi. Esto es el fin. Ojalá ande dos pasos y me caiga muerto….Otros dos….Otros dos…
No sé cómo llegué a casa ese viernes. Pero intenté aparentar que no me pasaba nada, aunque estaba hirviendo por dentro. Me daban ganas de gritar. Gritar a todo el mundo. Llorar. Gritar. Saltar…
No sé cómo pero me quedé dormido. El sueño es el gran médico de nuestra vida.
Al día siguiente me levanté y me puse delante del ordenador. Me puse delante de la pantalla como si de una bola mágica fuera. Pensé que si me quedaba mirando, buscando por internet, iba a encontrar la solución a mi problema. Como un yonqui buscando su droga por las calles, así estaba yo buscando en el ordenador. Avido, asustado, nervioso,…
Belén me dijo que teníamos que ir a no sé donde, pero le dije que tenía cosas que hacer para la oficina. La verdad es que no me acuerdo ni lo que me contaba. No la escuchaba. Estaba deseando quedarme solo con el ordenador. No sé que tenía que hacer, ni qué tenía que buscar, pero ahí estaba la solución. Ahí estaba mi trabajo. Lo que pasa es que yo no sabía buscarlo bien.
No sé el tiempo que pasó. Pero Belén llegó y llamó:
-Raúl, abre, tenemos que hablar. Me han contado lo que ha pasado en la empresa.
Al escuchar la voz de Belén todos mis pensamiento giraron. Había estado en un pozo oscuro, del que no podía salir. Y la voz de Belén había sido como el hilo mágico de Ariadna. Me sujeté a su voz y tiré fuerte. Muy fuerte. Y empezé a ver una luz, una salida.
-Belén, pasa. Me tienes que ayudar. Tenemos que salir de esto. Los dos juntos…
Y me puse a llorar.

Comentarios

Unknown ha dicho que…
Uhmmm... porqué Belén, uhmmm, porqué Rivas????? será una señal???,noooo está genial
Jjmr ha dicho que…
Este cuento no esta basado en hechos reales. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Y como dice mi abuela, quien se pica ajos come.
Jajaja
Y me alegra mucho que te haya gustado. Uno escribe para la gente que le lee.

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