Concierto del Miserere de Eslava.

Este año mi mujer y yo decidimos ir a ver el Miserere de Eslava a la Catedral de Sevilla. Bueno, más bien fue una idea de los dos pero una decisión de ella, ya que fue ella la que recogió las entradas y se preocupó de ello. Como se diría en las fechas en las que estamos, en Semana Santa, "a Dios lo que es de Dios".
Nos sentamos al lado derecho del Altar Mayor, justo frente al Órgano. Una vez nos contó D. José Enrique Ayarra, que en el último arreglo del Órgano, éste se dividió en dos , y que realmente hay dos Órganos en la Catedral, uno si se toca en la parte derecha y otro en la izquierda. Un Órgano romántico y otro más clásico. Pero que con el tiempo había que hacer arreglos, pero no hay dinero para arreglar los dos, así que él se planteaba unir los dos, convertirlo en uno totalmente renovado, y a menor costo. Todavía me acuerdo de cómo hablaba de su Órgano, como de un maestro y de un amigo que le había enseñado, que le había acompañado en muchos momentos amargos.
Ese Órgano es el estaba a mi lado derecho mientras empezaba el concierto. Yo no entiendo mucho de música clásica, pero me impresionó. Este concierto reunía sonidos de instrumentos, sonidos de una coral, y sonidos de cantantes. Esta mezcla y cambios en los sonidos hacía que estuviésemos expectantes. Pero creo que no era sólo el efecto del concierto. Creo que lo que hacía que el concierto fuese algo más que lo que ponía la partitura era el sitio donde se celebraba. La Catedral. Y nos empezamos a dar cuenta cuando en un momento el director paró el concierto. Y se quedó esperando. Todos nos miramos y no sabíamos qué pasaba. En ese momento sonó un reloj. Dio la campanadas . Eran las diez. Y fué la propia Catedral la que hizo acto de presencia. Pedía su tributo. Dió una campanada de reloj y dijo "aquí estoy yo".
La Catedral. La Catedral se convierte en parte integrante del sonido. La Catedral deja de ser el sitio donde se escucha el concierto, para intervenir en él. Para interpretar su propio tiempo y su propio sonido. Esas columnas que juegan con los sonidos, los cogen, los envuelven, los cambian, gritan en silencio e imponen su presencia. Esas bóvedas que desde arriba persiguen al director y le corrigen los movimientos con la acústica cambiante. Esas estatuas de gigantes que sostienen el Órgano, parece que giran sus cabezas, se sonríen. Miran la música, y recuerdan que son ellos los que sostienen el verdadero sonido de la Catedral. Y el Órgano, ese gran Árbol Mítico, que desde su altura dirige y controla todo lo pasa a su alrededor.
En ese momento, el concierto da entrada a la voces de dos niños que, cantan con esas voces blancas, límpidas, tiples. Esas voces son el único sonido que hace que la Catedral se sobrecoja, que los gigantes del Órgano hagan una mueca. Que el Órgano se despoje de su orgullo. Esas voces recuerdan un futuro de vida e inmortalidad.
Pero sólo es un momento. El concierto termina. La Catedral vuelve a ser dueña y señora del entorno. Ya controla todo de nuevo. Nosotros, vamos saliendo. En la puerta, cuando la brisa fresca de la noche me da en la cara, me vuelvo y sonrío. Sólo hay uno cosa que nunca tendrá la Catedral. La única cosa que le gustaría tener. La Saeta. Ese cante de semana santa que se queda en las puertas. Ese quejío cofradiero que nunca entra dentro. Que siempre queda fuera. Ese sentimiento que es de la calle, para la calle. Esa música que tanto las columnas, las bóvedas, los gigantes y el Órgano, solo escuchan como sonidos que se cuelan por las rendijas de las puertas. Entrarán los nazarenos, entrarán Cristos y Vírgenes en procesión, pero no entrará la Saeta.
Pero esto es otra historia.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Si no conoces tu Historia estás condenado a repetirla.

El fin de la crisis