Una tarde en un grupo de lectura


Siempre había pensado que lo del grupo de lectura era una reunión de mujeres mayores que se reúnen con la excusa de hablar de un libro o de un autor, para terminar hablando de las mismas cosas que hablan en cualquier otro sitio. Esto demuestra que siempre podemos estar equivocados, y que no debemos juzgar un libro por su portada.
Pero empecemos por el principio. Una mañana, mi mujer escuchó en la radio hablar de un libro que acababa de publicarse. En el programa de radio se entrevistaba al autor, José Carlos Carmona y se hablaba de su nuevo libro, Sabor a Canela. A mi mujer le gustó el comentario y la personalidad del autor. Y se compró el libro.
El libro se instaló en el coche de mi mujer. Ella pensó que el tiempo que perdía esperando en el coche lo aprovecharía leyendo el libro. Desde ese momento el libro se convirtió en el libro del coche. El título ha ido pasando por varios sucesores, otros libros que han recibido dicho honor, pero éste fué el primero y el más reconocido dentro de la familia. El libro del coche.
Un día recibí una invitación por correo electrónico. Esta invitación era para asistir a un grupo de lectura donde se había invitado a un autor para hablar de su libro. El nombre me sonó, y de pronto caí en la cuenta. Era el autor del libro del coche, José Carlos Carmona. Y además iba a hablar del libro.
Sin pensarlo mucho reenvié el correo a mi mujer. Pensé. Si lo lee y le interesa perfecto. Si no le interesa lo dejamos correr. Pero le interesó. Y a mi me parecía buena idea coger una tarde entre semana, olvidarme de los problemas típicos del trabajo, y dedicarlo a algo de más trascendencia.
Llegamos a la reunión y vimos en la entrada un grupo de personas que estaban hablando. No conocía a nadie, pero mi mujer se quedó un momento parada y me dijo:
-Ese hombre de ahí es el autor.
Ella empezó su estrategia. Empezó a revolotear alrededor del grupo hasta que una persona nos saludó. Era una mujer delgada, morena y de modales acogedores. Era la encargada de coordinar el acontecimiento.
Mi mujer consiguió que nos presentara al autor , y además le hice una foto con él. Mi mujer es de esas personas que siempre consigue lo que quiere, porque lo tiene muy claro y se marca objetivos muy concretos. Admiro esa capacidad que tiene para dar importancia a las pequeñas cosas, y hacerlas importantes.
Después de unas palabras, pasamos al interior del salón que se tenía preparado. Me sorprendió que todo estaba lleno. Éramos más de veinte personas. Era una sala tipo despacho, con una mesa pequeña donde se estaba sentando el autor, y frente a ella se situaron todas las sillas. Las sillas seguían un orden anárquico, no estaban ordenadas como las de una clase, sino que parecían pregonar la libertad de sitio por encima del orden.
El autor empezó a hablar y dejé de prestar atención a la sala.
-Soy ante todo – empezó el autor – un director de música. Estuve estudiando durante 17 años para serlo , y me enorgullezco de lo que he hecho. Sin hablar que durante ese tiempo hice la licenciatura en Filosofía, Derecho e Historia. Y eso es importante.
Se acomodó un poco la chaqueta. Ajustó las gafas. Se echó hacia delante y se enfrentó a su  auditorio.
-Y lo más importante es que ustedes van a tener el privilegio de hablar con el autor sobre su obra. Y a lo mejor descubren ustedes cosas que no les va a gustar.
En ese momento algo me llamó la atención. Nadie había carraspeado. Nadie había provocado ningún leve ruido. Nadie dijo nada, como si nada hubiesen oído. Y me extrañó mucho. Me giré y me encontré con el siguiente panorama. Todos eran mujeres mayores, excepto dos o tres hombres. Todas venían con un bolígrafo y un block pequeño para tomar notas. Apuntar todas las verdades universales que les van a se reveladas. Esas verdades en las que sueñan en sus casas. Las verdades y confidencias que se produce cuando leen un libro, y que intentan retener luego para hablarlo con sus amigas.
Lo siento por el autor y su conferencia, pero empecé a dejar de escuchar al autor y empecé a fijarme en las personas que escuchaban.  Además, un autor no es nada si no escribe. Un libro no es nada si no es leído. Y las personas lo son todo. A lo mejor es el autor el que descubre algo que no le va a gustar, sin hablar del privilegio de conocer a personas que han perdido su tiempo leyendo algo que ha escrito.
Los libros, los lectores y los autores establecen un extraño universo de comunicación. ¿ O no? Persona que estás leyendo este artículo.

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