Los Negrescos

Llegué al hotel sobre las nueve y media. La verdad es que estaba cansado. Había estado cinco horas en el AVE Sevilla-Tarragona, y tenía todo el cuerpo entumecido. Mañana tenía una reunión importante, pero esta noche iba a ver cómo respiraba en esta ciudad.
En la estación había cogido un taxi, y el joven que lo conducía ya me había empezado a dar las primeras pinceladas.
-Con la industria que tenéis aquí en Tarragona, y el tema de turismo, no tendreis tanto paro como nosotros, ¿no?- le comenté.
-No se crea. Aquí estamos muy mal. Hay mucho paro. Antes, no, pero ahora todo está mal. Fijese , ahora hay días que sólo hago tres carreras y con suerte. A veces es peor. Por cierto, ¿ de dónde es usted?
- De Sevilla. Y allí la cosa está muy mal, cada vez peor- le dije.
- Pues no sé dónde es peor si allí o aquí . Aquí vino mucha gente para empezar una nueva vida, hace muchos años. Y después de trabajar duro, de privaciones y de olvidarse de sus propias raíces, ven el mismo fantasma del que huyeron hace muchos años: el paro. Mi familia, sin ir más lejos, viene de Jaén. Y algunos de mi familia se están yendo de Cataluña. Y como dice mi abuela: lo mismo que cuando era joven, y volvemos a empezar.
Me dejó un poco abatido. Yo pensaba que iba a encontrar algo mejor que lo que había dejado en Andalucía. Pero al final somos personas, y es más difícil soportar la desgracia cuando uno ha conocido una vida mejor, que cuando es una desgracia más que se suma a las existentes. En estos momentos me dieron más pena estas gentes que las de mi ciudad. Nosotros nunca habíamos tenido nada, sólo un pequeño espejismo. Ellos habían conseguido su sueño. Y ahora lo perdían.
Como el ambiente se estaba poniendo un poco tenso, decidí cambiar de conversación.
- No conozco el hotel donde vamos. Es la primera vez. ¿Cómo es la zona donde está?
-Es el centro. No hay problemas. Aunque ahora la gente se recoge antes y las calles están más solas.
-Una pregunta. No tengo ganas de quedarme en el hotel. Después del viaje, prefiero andar un rato y salir. ¿Hay alguna cafetería para tomar un bocadillo, cerca? Nada muy formal de restaurante. Algo más sencillo.
-Sí. Hay un sitio cerca. Se llama El Negresco. Es una cafetería, pero ponen buenas raciones y bocadillos a buen precio.
-Gracias.
Ya habíamos llegado al hotel. Yo entré y él se marchó en su taxi. Yo debía de haber sido uno de los tres  servicios de hoy.
Después de registrarme y deshacer la maleta, salí del hotel. Me puse a andar por la calle que me había dicho el taxista. Y ahora me doy cuenta que no le había preguntado su nombre. Bueno, el taxista de Camp-Tarragona.
Todas las ciudades son distintas. Si miras las tiendas y cómo las gentes andan por la calle te darás cuenta. Los escaparates. Las luces. La ropa de los que pasean. Todo te da una idea de cómo es.
Esta ciudad transmite trabajo y humildad. No es una  ciudad que alardee de poder, ni de riqueza. Alardea de las personas que trabajan, Los escaparates no tenían ni muchas luces ni pocas. Las suficientes para que pudieras verlo y con precios razonables. No ponen lo mejor que tienen. Ponen lo que se vende.
Después de andar toda la calle, encontré El Negresco. Es un bar normal. De los que te encuentras en cualquier sitio y al que no entras si no lo conoces.
Una barra grande a la izquierda. Unas mesas a la derecha. Y un solo cliente en la esquina mirando el televisor.
Detrás de la barra un hombre y una mujer llevaban el negocio. El hombre parecía un poco apocado.
En la televisión estaban las noticias y hablaban de una persona que estaba acusada de malversación de fondos y que habían encontrado en su casa una cantidad considerable de dinero en efectivo. El acusado estaba diciendo que era normal tener tanto dinero en casa.
- Pues será en la suya, en mi casa no hay ni éso ni nada- dije en voz alta sin poder callarme.
-Desde luego- saltó la mujer del bar, que estaba terminando de fregar.
-Esta gente se cree que somos tontos. Entre éstos y todos los políticos ladrones que hay no vamos a levantar cabeza en este país.
La mujer me miró, abrió una sonrisa cómplice y se acercó a la parte de la barra donde estaba yo.
-Desde luego. Estos se creen que por salir en televisión o ser políticos pueden hacer lo que quieran. Y todos lo estamos pasando muy mal. Menos ellos que gastan y gastan.
-Qué me va a decir a mi - dije yo- En mi pueblo los antiguos terratenientes de antes son los políticos de ahora. Ellos hacen y deshacen y a los ciudadanos  que nos parta un rayo.
-Desde luego. Y da lo mismo un partido que otro. Mire usted a éste. El dinero que se ha gastado en el referéndum de independencia. Para nada. Y la gente sin cobrar. No hay vergüenza.
-El día que salga un político honrado y un partido honrado, todos estos ladrones están en la calle. Pero no creo que lo veamos.
-No. No creo que lo veamos- dijo ella.
En ese momento me fijé en una foto antigua que había enmarcada en la pared. Era un foto en blanco y negro, como las de antes. Se veía un bar antiguo. Un largo mostrador , que parecía de mármol, límpio y ordenado. Con sus tiradores grandes y brocados. Y lo que más impactaba estaba en la parte izquierda, detrás de la barra. Se veía toda una familia de cinco personas. Todas firmes, bien peinadas, con ropa limpia, mirando la cámara fijamente como queriendo salirse de la foto. Su postura solemne y humilde a la vez les hacía importante. Se apreciaba que  ese momento era muy importante para toda la familia.
-Señora. ¿Esa foto de atrás es suya?
A la mujer le brillaron los ojos. Cambió su mirada de cómplice a orgullo. Un orgullo guardado  que no se enseñaba a todo el mundo. El orgullo del vencedor.
-Esta es mi familia. Y yo soy ésta pequeña que está aquí. Es de hace al menos 50 años. Mi padre, mi madre,...toda la familia. Nosotros vinimos a esta ciudad sin un duro. Mi padre trabajaba haciendo chapuzas y guardando dinero. Cuando reunió lo suficiente, a base de sólo gastar lo imprescindible , alquiló este bar. Con el tiempo acabamos comprándolo. Me acuerdo el primer día que entramos. No está como en la foto. Era un desastre, pero a nosotros nos pareció un palacio. Estuvimos trabajando toda la familia, toda la noche. Y abrimos por la mañana tal como ves en la foto. Todo limpio y listo para atender a los clientes. Durante muchos años trabajamos toda la familia todos los días. Eran buenos tiempos y nadie nos dio nada. Ni el banco ni nadie. Lo que queríamos teníamos que trabajarlo. Muchas de las cosas que teníamos que comprar lo que hacíamos  era trabajar para el proveedor y como pago, en vez de dinero , nos daba la comida y la bebida para el bar. Eran buenos tiempos.
-Es para estar orgulloso. Orgulloso de la familia y de uno mismo.
-Y usted que lo diga. Yo cuando veo esta foto es lo que siento. Cuando la veo me doy cuenta que todo se consigue con esfuerzo. Y me da fuerzas.- A la mujer le empezaban a brillar los ojos.
-Sí , señora. Nuestras raíces no sólo es el sitio donde nacimos, es nuestra familia y nuestro trabajo. Le repito. Es para estar orgullosa.
Seguimos hablando de cosas más mundanas, y diez minutos después salí por la puerta. Era la primera vez que entraba en este bar, y lo más seguro es que no volviera más. Pero si esta ciudad tenía gente como ésta, tenía lo más importante.





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