En la peluqueria


Después de ducharme, y mientras me peinaba, lo inevitable llegó: tengo que pelarme. Hoy mismo. Sin pensarlo más.
Tuve que hacer algunos cambios en la oficina, pero diez  minutos después de  la hora acordada estaba entrando en la peluquería. La mujer que atendía el teléfono y llevaba la agenda estaba en con un teléfono en la mano:
-Estaba llamándole para ver si iba a venir- dijo la señora.
-Si. He llegado diez minutos tarde, pero no sabe cómo está el tráfico- le respondí, pensando para mis adentros: “Ya empezamos con el estrés.”
-Me lo imagino- me respondió mirándome de reojo.
Una vez pasado el primer control aduanero de la entrada, conseguí llegar al peluquero.
Habíamos llegado al oasis del peluquero. EL entorno donde uno se deja llevar. No opone resistencia. Cierra los ojos y deja que el maestro de las tijeras y el peine haga su faena.
Mientras me lavaba la cabeza pensaba: “Se nota la diferencia entre una mujer y un hombre cuando te lavan la cabeza”. El hombre lo hace con más desgana. Tu cabeza sólo es el sitio donde está el pelo. En cambio para la mujer, la cabeza es parte del pelo. Cuida más el masaje, la temperatura, que estés relajado, … Uno de esos pequeños placeres que nos adormecen los problemas y nos hacen encontrarnos mejor con nosotros mismos.
Vale. Que nos dormimos. Que estamos en una peluquería, no en una sesión de masaje tailandés. Arriba. Levántate que tienes que llegar al sillón. Empieza el corte de pelo.
Primero el consabido: “este es mi estilo, de aquí mucho y de aquí no tanto. ¿Lo ha entendido?. Si. Ahora que lo ha entendido. ¿Se le ocurre algo distinto? ¿No? Pues lo dicho, como siempre”
Este preámbulo, que se repite desde hace muchos años, siempre termina igual. Todo el mundo prefiere dejar las cosas como está y no inventar nada nuevo. No saben que aunque se equivocasen, me gustaría que alguien me dijera, que así no. Que estaría mejor de esta otra forma.
Imposible. La gente, y me imagino que los peluqueros los primeros, prefieren dejar las cosas como están y que haya el menor cambio posible. Hacen mandamiento del refrán : “Mejor malo conocido que bueno por conocer”. Así que aguantarse. No te va a pasar nada si sigues otro mes más con el mismo tipo de peinado.
Volvemos a cerrar los ojos. El peluquero empieza a sonar las tijeras. El pelo empieza a caer encima de nosotros. Y empieza el dialogo del peluquero.
El peluquero cree que a los clientes nos gusta hablar con ellos. Lo que no saben es que no tenemos más remedio que hablar con ellos. Es más, solemos darles siempre la razón. ¿Usted le llevaría la contraria a alguien que tiene una tijera en la mano, que la hace sonar alrededor de su cabeza, y que le tira los pelos a la cara en señal de desprecio? Yo, por supuesto, no.
Esta vez la conversación, o más bien monólogo, gira en torno a las mujeres. Ah!, ese tema repetitivo de conversación que tenemos los hombres. Pero esta vez el tema da un giro inesperado.
-Yo creo -dice el peluquero- que las mujeres se equivocan. Quieren ser como los hombres y al final han copiado todo lo malo de los hombres. Fuman como carreteros, beben como cosacos, … en fin, lo que yo le diga , lo peor de los hombres.
No sé que contestarle, así que prefiero seguir escuchando.
-Pues sí que tiene usted razón- suelto para que siga hablando.
-Hombre,…, me lo va a decir a mi. Yo soy divorciado. Y la verdad que llevo unos cuantos años ,y en mi casa ya no se queda ninguna mujer. Y a mi me gustas las mujeres, no vaya a pensar que soy gay. No, no, ni mucho menos.
-Claro, claro.
La verdad es que no sé que decirle. Tampoco sé si él mismo se cree lo que está diciendo o es que no encuentra a nadie que quiera vivir con él.
Por lo visto la conversación ya no da más de sí, porque de pronto me suelta.
-Y usted sabe que es lo mejor. El ginseng rojo coreano. Es lo mejor que hay. Digan lo que digan es lo mejor. Es un adaptógeno espectacular.
No sé si se ha inventado la palabra, pero me parece de los más evocadora. Adaptógeno. Creo que se está quedando conmigo, aunque a lo mejor lleva razón. Con esto de las plantas nunca se sabe.
Cuando prácticamente me tiene convencido para que me compre las pastillas, se acaba la sesión. Me saca el famoso espejo que se ve la parte de atrás de la cabeza, me quita la bata donde están todos mis antiguos pelos y me cobra.
Cuando salgo de la peluquería empieza uno a olvidar lo que le ha pasado y empieza a recordar todos los problemas que había dejado en la puerta antes de entrar.
Hasta otro día.

Comentarios

Roberto ha dicho que…
Jajajaja muy bueno! Me ha gustado mucho :)

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